Ciencia ficción chilena reciente: mal, duelo y globalización en Identidad suspendida de Sergio Amira

por Macarena Areco

El problema del mal y de la representación del horror ha sido motivo central de reflexión de una línea importante de la narrativa del siglo XX, desde El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad a Austerlitz de W.G. Sebald, pasando por Doctor Fausto de Thomas Mann, o, por mencionar otros géneros, los poemas de Paul Celan, además de los testimonios y ensayos de Primo-Levi y de Hannah Arendt. En América Latina, entre los autores más recientes, Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Rodrigo Fresán y sobre todo Roberto Bolaño han abordado, desde emplazamientos móviles y empleando modalidades narrativas diversas, este asunto, relacionándolo, de manera más o menos directa o desplazada, con la historia latinoamericana reciente. Así Bolaño, en sus “novelas chilenas” –Estrella distante y Nocturno de Chile-, actualiza esta problemática en las relaciones entre literatura y fascismo, mientras que en 2666, en “La parte de los crímenes”, intenta hablar del mal desde la rigidez del informe policial, usando la pretensión de objetividad de éste como un fondo en el cual representar el horror de las mujeres asesinadas en Santa Teresa, sinécdoque del sujeto subalterno sacrificado en las periferias del orden globalizado.

Otra posibilidad de abordaje es hacer hablar al “mal” desde dentro, poniendo el foco narrativo en personajes que están al servicio de engranajes sociales dedicados a la represión o el exterminio. Esto es lo que ocurre en la novela breve de Sergio Amira Identidad suspendida, relato que puede catalogarse como ciencia ficción, debido a la presencia de un novum (Darko Suvin) o avance científico que hace posible la acción, en este caso principalmente el nódulo akhásico, “una pequeña langosta conservada en líquido amniótico…. algo así como un módem… que permite la conexión con FASat-Alfa” y que entrega “toda la información y habilidades que se requiera en determinado momento” (69). Más específicamente, dentro del subgénero, Identidad suspendida puede inscribirse en la modalidad del ciberpunk, a causa, entre otros factores, de la conexión al ciberespacio permitida por el mencionado nódulo y a la mezcla de ello con elementos de la serie policial negra. No obstante, es necesario aclarar que no se trata de la primera novela de ciencia ficción chilena como se escribe en la contraportada del libro, sino que de una muestra del resurgimiento que experimenta el subgénero en Chile en la actualidad, gracias a las obras de autores como Jorge Baradit (1968), Oscar Barrientos (1974), Pablo Castro (1974), Sergio Meier, Armando Rosselot (1967), Luis Saavedra (1971), Soledad Véliz (1982) y Mike Wilson (1974), entre otros. En este marco, la novela de Amira destaca por su trabajado uso del lenguaje coloquial y por la intensidad de una trama que, no obstante la proliferación un tanto confusa, tiene el interés de poner en escena las mencionadas problemáticas.

De acuerdo a Frederic Jameson (1982), a través del procedimiento del extrañamiento, la ciencia ficción entrega una imagen del presente, desfamiliarizándolo para hacerlo de este modo perceptible. A ello es posible agregar que puede ser una forma privilegiada de dar cuenta de una historia traumática que, como indica Idelber Avelar, es objeto de duelo y de esa manifestación de la represión que es el olvido. De ahí que, en primera instancia, el esfuerzo de Amira por entrar en la confundida cabeza de Vicente, un asesino con problemas de identidad al servicio de una borrosa compañía global, pueda leerse productivamente a la luz de la representación de las experiencias vividas durante el gobierno militar y también de la globalización. Intentemos exponer de manera exploratoria parte de la historia relatada a partir de esta lectura, considerando la necesidad de dar cuenta de las distintas versiones que la novela entrega para los diversos elementos de su argumento. Así, en lo que respecta al origen, según una primera versión, que parodia la trama conspirativa de El Código Da Vinci, mezclándola con la mitología de Lovecraft y con parte de la historia nacional reciente, “la Compañía fue creada por Leonardo Da Vinci en complicidad con unas inteligencias alienígenas que utilizaron el Golpe Militar de 1973 en Chile para entrar a este mundo. Involucrados en todo esto estarían los Francmasones, el Colegio Invisible, la Golden Dawn, los Iluminatis bávaros, los socialistas…” (76). Según otra versión, que desautoriza a la primera por su infantilismo fantasioso y conspirativo, la Compañía se remonta al reinado de Leopoldo II de Bélgica, en la segunda mitad del siglo XIX, siendo “el resultado de la fusión de las empresas que obtuvieron las principales concesiones monopolísticas en el Congo” (77). En una actualización de la situación colonial del siglo antepasado a la globalizada del XXI, la Compañía controla FASat-Alfa, “la mayor red de espionaje y análisis para interceptar comunicaciones electrónicas de la historia” (19). La conexión que se presenta entre colonialismo y globalización, vinculados por el 11 de septiembre chileno, se entiende a la luz de la tesis de que el Chile de Pinochet, junto a los Estados Unidos de Reagan y a la Gran Bretaña de Thatcher, fue pionero en la instalación del neoliberalismo, la ideología dominante en el orden mundial globalizado, tesis que, a la luz de la trama, parece ser la de la novela.

Vicente cumple con celo las órdenes de la Compañía, intentando frenar sin mucho énfasis los excesos de su compañero, el GAP (Guerrero Autómata Personal) Gabriel, un psicópata que parece estar inspirado en una mezcla del protagonista de la novela de Bret Easton Ellis, Psicópata americano, con ciertos episodios de la dictadura de Pinochet, pues, a la menor oportunidad, hace uso de su “corvo”. La explicación de la entrega incondicional a la entidad superior por parte del protagonista es una vaga frustración amorosa, a la que se suma un muy general “fracasar en todo” (15), con lo cual la novela evita, al menos en esta versión, centrarse en una explicación acerca del origen de la opción por el “mal” del personaje y escapar al biografismo individualizante, lo que puede ser leído, a partir de Foucault, como una forma de huir de las trampas de la construcción identitaria. Se explaya, en cambio, en los problemas de identidad que Vicente sufre en el presente del relato (no está seguro de si sus recuerdos son reales, pues son contradictorios y lo sitúan en tiempos imposibles, experimenta déjà vu y su mente queda “en blanco” (56)), los que serían el resultado de la conexión operada por el dominio cibernético que la Compañía ejerce sobre el personaje:

Si efectivamente la Compañía nos controla mediante FASat-Alfa y si es cierto que pueden “desenchufar” a un agente en cualquier momento, ¿no podrían también atribuirle sus recuerdo a otro? Imagino el siguiente diálogo en los comienzos de la Compañía a fines de 1960s: “Sr. Jormungand el agente K se ha pasado al enemigo, ¿lo borro del continuo espacio tiempo?” “Sí, pero no podemos desperdiciar toda esa experiencia acumulada. Antes de borrarlo atribúyale todos sus recuerdos al agente H” (15).

De ahí que Vicente no tenga claro si sus recuerdos son suyos y viva en una suerte de “identidad suspendida” en la que no importa lo que haga. Parece pertinente a este respecto citar nuevamente a Avelar, quien plantea que la ficción posdictatorial escrita en Chile no pretende ya “retratar la vida ‘como realmente fue’… ni siquiera la vida como uno la recuerda… sino más bien la vida tal como ha sido olvidada. Más allá de toda nostalgia, el olvido sería hoy lo que verdaderamente vale la pena escribir: la ficción transitaría así de la epifanía mnemónica a la crónica de la amnesia” (26). Es por ello que, en tanto relata el proceso en que se borra la memoria, Identidad suspendida se conecta con la narrativa chilena de los ochenta y de los noventa como escritura acerca del olvido. No obstante, al explicar la indeterminación de la identidad como un efecto de la superposición de otras memorias que realiza la Compañía, el relato apunta al blanco de la globalización, con sus tecnologías actuales de conexión en red y con sus posibilidades futuras de implantes cibernéticos, que permitirían el dominio del sujeto. De acuerdo a esta versión, no se trata de la disolución de la memoria como efecto del trauma, sino que de un proceso de borrado dirigido, al que le sucede la sobreimpresión, y que conduce a la confusión, al “mal”, a la anomia y finalmente a la locura, causadas por la proliferación de versiones que no terminan de establecerse como “reales”.

En contrapunto con esta primera versión, al final del relato se plantea un segundo motivo para la confusión identitaria, que si bien refuerza la lectura de la novela en clave de duelo, recupera a la biografía como interpretación para culminar en la locura: el padre de Vicente habría sido un ex agente civil de la DINA, Gabriel no existiría, pues habría muerto como víctima de la dictadura, y el protagonista sufriría un trastorno de personalidad múltiple. No obstante, esta explicación, a reglón seguido, es ironizada y descartada como “un puto deus ex machina, el idiota sin talento que ha redactado esta porquería se ha quedado sin ideas y recurre a una salida barata”, lo que es acompañado de otro comentario autorreflexivo “este pastiche posmo de la onceava hora; este océano de incertidumbres, este naufragio de posibilidades” (97). Se produce de este modo una negación de la negación que prefigura el cierre del relato, en la medida en que conduce a un callejón sin salida narrativo. Así, a continuación aparece el escenario final, una especie de limbo subatómico o antesala de la existencia donde a el(los) personaje(s) se le(s) ofrece la alternativa “¿Leverkühn o Zeitblom?” (el protagonista y el narrador de Doctor Fausto de Thomas Mann), con la correspondiente traducción: “debes elegir entre el creador poseso y endemoniado o el burgués que encarna los valores tradicionales, pero que carece de energía” (100). La respuesta es, por cierto, negativa en cuanto a la elección: “La verdad es que ni el uno ni el otro. Por esta vez… elijo no ser” (100), con lo cual se cierra el relato.

Este final “improductivo” parece estar diciendo algo sobre una narrativa que, al igual que las personalidades de Vicente, prolifera, careciendo de herramientas que le permitan un desarrollo coherente, tanto conceptuales como técnicas. Un ejemplo de lo segundo es el diálogo directo sobrepasado en el primer encuentro de Vicente con el agente Carmody, quien parte explicando su teoría del lenguaje como virus y termina en la sincronía jungiana, sólo mediante el expediente de dos extensos parlamentos. Otra muestra es el hecho de que la novela se estructure como un solo gran capítulo, con partes solo separadas por asteriscos. Respecto a lo primero, podría ser iluminadora una última reflexión sobre la enciclopedia, en el sentido de Umberto Eco, amplia e híbrida, de que da cuenta esta novela, plagada de alusiones a los más diversos autores (Shakespeare, Dostoievski, Bolaño, Tolkien, Lovecraft, etc.), además de a productos de la industria cultural como filmes, canciones y videojuegos. Si bien entre esta multiplicidad, como lo expresan el diálogo final y la proliferación que lo ha antecedido, la opción consciente es precisamente no elegir, se presenta, en una escena anterior, una pista, cuando Vicente pasa revista a la biblioteca de la dueña de casa del barrio alto de Santiago donde él y Gabriel viven una temporada aprovechando que sus habitantes están de vacaciones (y que serán asesinados cuando regresen, después de lo cual se sugiere que ésta sería la familia de Vicente, aunque no queda claro si es una alucinación más del personaje). En el escrutinio están, junto al El número Neuman de Moncho Artigas (guiño a El número Kaifman de Pancho Ortega, un autor cercano a la ciencia ficción), El código Da Vinci (“controvertida pero mediocre” (35)) y una lista de textos herméticos, entre ellos “El poder del Uno del Rabino Philip S. Berg; El Tarot Místico, por Juliet Sharman-Burke y Liz Green…” (35) y así. En la producción literaria actual no se trata ni mucho menos de quemar, como hicieron el cura y el barbero de El Quijote, obras o tradiciones marginales al canon estético, religioso o cognoscitivo de la modernidad (incluso los amigos de Alonso Quijano salvan varios libros del fuego) sino que de aprovechar la fertilidad de esas modalidades subalternas en la generación de producciones simbólicas, en tanto fragmentos del imaginario social del cual éstas se alimentan. De hecho, ese es uno de los sentidos del “posmodernismo”. Otra cosa es, no obstante, asumir sin mayor distancia esos discursos, ahogando el propio proyecto narrativo.

En síntesis, si bien Identidad suspendida tiene el valor no menor de explorar algunos de los problemas centrales que ocupan a la narrativa latinoamericana actual, dando cuenta tanto de lo nacional como de lo global, a través de una trama compleja y con un logrado lenguaje coloquial “chileno”, necesita, si quiere salir de callejones sin salida narrativos, tomar opciones estructurales más consistentes que le permitan aventurar algunas respuestas que puedan circular y ser leídas en un contexto más amplio.

BIBLIOGRAFIA DE OBRAS CITADAS

Amira, Sergio. Identidad suspendida. Santiago: Mago Editores, 2007.

Avelar, Idelber. “Alegoría y posdictadura. Notas sobre la memoria del mercado.” Revista de Crítica Cultural 14: 22-27.

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Macarena Areco, 2008

Pontificia Universidad Católica de Chile

Publicado originalmente en Anales de literatura chilena Año 9, Diciembre 2008, Número 10
ISSN 0717-6058, páginas 193-199.

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